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Publicado en CULTURA

Tiricia

Sábado, 21 Noviembre 2020 12:11 Escrito por 

Claudia Fernández

Plétora Editorial, 2019

Por Mateo ‘Almaniin

 

Cuando nos llame la muerte

Escucharemos el fino silencio,

La angustia de la mudez.

Punto final. ¿Qué poderoso motivo se esconde detrás de un inicio que se escribe con un punto final? Tal vez, lo que Claudia Fernández nos esté invitando a hacer al leer su escritura es reflexionar acerca de que cada fin se trata, en realidad, de una posibilidad para hallar un nuevo punto de partida. ¿Para qué? Quizás, para darnos cuenta de que nada en esta vida es lo que parece ser.

Basta con leer el comienzo de este poemario para engancharse; he ahí el misterio de la palabra escrita, de la más grandiosa expresión creativa del alma de la artista. Expresión que revela –poco, a cuentagotas– y que oculta su sentido más profundo; he aquí el poder del lenguaje: En el fino lenguaje de la noche/el silencio responde/debajo mis dedos tejen lo que llamamos estrellas.

Algo que Claudia no sólo descifra –y con creces–, sino que emplea para explorar (explotar) las más recónditas emociones, los sentimientos, las ideas y también las acciones que nos conforman y nos hacen, justamente, lo que somos, seres humanos: Guardo palabras en los puños/estrujo sus siluetas/las ahogo letra por letra.

El título del libro es un guiño, el primero de muchos que el lector encontrará en sus páginas, una palabra que revela su significado: la enfermedad del alma, la tristeza, y que bien podría traducirse de mil y un formas distintas, aunque idénticas (depresión, desolación, desesperanza…pereza), pero que también juega con esa, su propia pluralidad de sentidos. ¿Por qué alguien habría de cantar acerca de este febril estado de ánimo? Y ¿por qué no?: Hoy es un buen día para suicidarse, digo/aunque he olvidado cómo morir./Me he quedado sola en casa.

Muchas son las virtudes de Tiricia, baste con mencionar sólo tres de ellas aquí. La primera, un manejo de lenguaje sencillo –que no simple–, pues lejos de pretender, la poesía de Claudia aspira a ser comprendida, sentida y sufrida. La segunda, carece de adornos y excentricidades; en cambio, está plagada de figuras, ritmos y sonidos. Tercera, es esta una poesía rebosante de imágenes, y es eso, quizás, lo más valioso de su escritura, y lo que uno, como lector, agradece más. Pues un poema que no transmite imagen no es nada y nada vale: El claroscuro retrata las piedras./Un eclipse fecunda mis huellas./Tímida sombra soy.

Entonces ¿qué poderoso motivo se esconde detrás de un inicio que se escribe con un punto final? La posibilidad de descubrir un nuevo punto de partida, abrochado con una bienvenida: Me reencontré con el dolor (…)/Lo reconocí en estas palabras,/en la risa del verano, las hormigas y las chicharras.

 

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